¡Qué absurdo, dios mío!
Justo cuando algo más fuerte que la ilusión o esperanza se apodera del tiempo y de los presagios de los demás, una persona con cédula de identidad te evidencia su rostro sin vergüenza ni nada y te muestra la lengua, y ni siquiera te mira a los ojos.
La locura, insanidad, el desamor, orgullo o los errores -y qué sé yo- de cada uno, cada uno los sostiene como puede y quiere, y si la locura, insanidad, el desamor, orgullo o los errores -y qué sé yo- de alguien más -porque se pasa de ser una persona con cédula de identidad a sólo alguien más cuando te escupen con la indiferencia, y sin mirar a los ojos tampoco- se rebasó con una cachetada en mi mejilla, habrá sido lo mejor.
La locura, insanidad, el desamor, orgullo o los errores -y qué sé yo- de cada uno, cada uno los sostiene como puede y quiere, y si la locura, insanidad, el desamor, orgullo o los errores -y qué sé yo- de alguien más -porque se pasa de ser una persona con cédula de identidad a sólo alguien más cuando te escupen con la indiferencia, y sin mirar a los ojos tampoco- se rebasó con una cachetada en mi mejilla, habrá sido lo mejor.
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